La sonata de Jim Amaral en Cartagena

Cada año, una pieza artistica se convierte en simbolo y presencia altiva del Festival Internacional de Musica de Cartagena, sirviendo como imagen para el afiche promocional. Los creadores plasticos, que eternizan y congelan el instante, rinden homenaje a esos otros mensajeros de la imaginacion, los musicos, que capturan el movimiento perpetuo del espiritu y del universo.

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Este año el convocado es nada menos que Jim Amaral, artista colombo-estadounidense que se pasea hace decadas con altanera libertad por la escultura, el dibujo y el diseno. Su ‘violin’, heterodoxa e inclasificable pieza, acompanara las tibias noches cartageneras durante la VIII version del certamen.

Siempre que se visita a Jim Amaral en la enorme casona gotica donde tiene su estudio, levantada como un fantasma diurno en el norte bogotano, y donde es casi imposible no evocar los ensuenos febriles de Poe, las vampiricas recreaciones cinematograficas de Murnau y Tod Browning o, con un poco de suerte, sospechar la cercania de algun sublime personaje femenino de Carlos Fuentes, se le encuentra inmerso en una nueva aventura estetica.

Lejano de la mundanidad artistica, que en ocasiones echa funestas raices en pintores y poetas como si fuesen mas bien animales de sociedad, comprometido con el llamado de la imaginacion, el padre de algunas de las colecciones escultoricas mas vigorosas de la moderna plastica colombiana, se ve alli gigantesco, vital, lleno de rictus indescifrables en el rostro, semejante a un invicto sonador de formas, reinventando su juventud, una y otra vez, merced al recurso de la imaginacion, negandose a lo que podria ser un destino predecible de abulia, interponiendole la fe poetica a la notificacion prosaica del mundo: fantastico agrimensor de espejismos.

Muchas decadas  han rodado desde que empezo el periplo de Jim Amaral , un californiano nacido el 3 de marzo de 1933 en Pleasanton, una poblacion con todas las gracias y desgracias, con todo el cielo y el averno de que son capaces   las pequenas comunidades norteamericanas, pero que solo se encontro realmente cuando advino a estos tropicos , haciendo suyas su exuberancia, su absurdo,  su tragedia, asi como la forma  que tienen  de existir mas en el reino de la excepcion que en el de la regla.

Lo veo  detras de su escritorio, silbando alguna cancion de los años preteritos, con apariencia abstraida en ocasiones, circunspeccion a veces,  travieso y hondo casi siempre, elaborando frases, disquisiciones felices que delatan ironicamente el cansancio del ‘pensamiento formal’,  poseedor de la dicha de tener aun bastante energia  para incentivar al universo con sus ardientes creaciones en las que parece escribirse una larga y agobiante demanda.

En esta casona construida en los años cuarenta por una acaudalada familia con nostalgia de occidente,  ha venido al mundo la mayor parte de la obra de Jim: sus esculturas enigmaticas que representan una estirpe de hombres y mujeres  desolados intentando comunicarnos un denso mensaje; sus series de dibujos, siempre malinterpretados, a su juicio, como arte erotico y donde, mas bien, se escenifica la prosaica y perenne expiacion del cuerpo, donde la vida y la muerte, el abrazo y el zarpazo, la proximidad gentil y la violencia, intercambian sus ardorosos signos. Y tambien aquella otra faceta de orfebre y disenador, que Jim ha dejado fluir con naturalidad, sin el temor ortodoxo a que la espina dorsal de su propuesta estetica se minimice o degrade.

Esta faceta es encantadora y en ella caben las que seria apropiado llamar  sus ‘magias  cotidianas’: sillas, mesas, casas y cajas de juguete, algunas melodicas, realizadas con la precision de un arquitecto y la felicidad de un nino. No son pocos los puristas que ven en estas creaciones una perdida de tiempo, un innecesario desgaste de fuerza que, segun postulan, podrian restarle vigor a la ‘obra seria’.

Pero Jim tiene algo de los pre-socraticos que todo lo confundian en un bellisimo caos anterior a las formulaciones y las academias.Es como si no distinguiese del todo las fronteras entre lo importante y lo baladi, lo teologico y lo mundano, lo efimero y lo esencial. Entonces, su produccion se fusiona en una deliciosa mixtura. Jim, el metafisico, el elemental, el pueril, el  casi primitivo, el sensual, el atormentado de los dioses y el atormentado de los hombres, se alian fraternalmente, hacen un pacto fructifero y duradero.

La ultima vez que le visite lo ocupaban los recuerdos de su conexion con la musica, a la que nunca ha querido despojar de una cierta inocencia, haciendo lo posible por negarse a ingresar a ninguno de los circulos culteranos donde la verdad del arte se convierte en gravedad, secreto de estado, vigilancia policiva e inaccesible dogma.

Con Olga,  su esposa a quien muchos, merced a su obra incesante, acostumbran llamar  ‘la hilandera cosmica’, cada año visitan alguna de las grandes ciudades  –Nueva York o Paris, Boston o tal vez Milan-  para asistir  devotamente a sus  grandes teatros y solazarse con aquellas piezas de las que el oyente no sale siendo el mismo: adoran al Bach atormentado por el alfabeto de Dios, al Stravinski deseoso de convertirse en par de todas las fuerzas naturales, al Sibelius criptico, al Wagner imponente, al Verdi melodramatico, al Beethoven coral y a los muy entranables  Hector  Villalobos y Gershwin.

En el centro del estudio se encuentra la encarnacion del ultimo entusiasmo amariliano:  un violin construido con los materiales que prefiere y donde aparecen dibujadas nuevamente las mujeres enigmaticas protagonistas de su mundo hace por lo menos dos decadas. Solo que en esta ocasion, las dichosas y a veces temerarias damas llevan su sexo –que antes expuesto sin pudor alguno a la vista del espectador- cubierto por fragmentos de partituras musicales, como enunciando con una buena carga de humor la cercania entre el arte y el placer, entre el gusto estetico y el gusto erotico.

El leimotiv de esta version del festival es la fabula, la dichosa inclusion de la narracion fantastica en la musica del siglo veinte. Y nadie mejor que este inquisidor para develar el parentesco entre las notas musicales y la literatura, entre las descargas melodicas y las grandes ficciones.

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